SOBRE TODO, ME ASUSTA.

De repente, cambia su postura y se sienta como si acabara de descubrir que debajo de ella hay una silla, levanta la mirada y dice: “No sé qué me pasa con los hombres”.

Al escucharla, me llama la atención su preocupación, la sensación de que eso supone un obstáculo en su vida. La animo a profundizar.

Ella confiesa: “nunca me encuentro a la distancia adecuada, a veces estoy demasiado cerca y otras demasiado lejos”.

Me intriga, quiero saber qué es lo más característico de esa sensación que tiene ante los hombres.

Dirige su atención hacia adentro y, sorprendida, afirma: “me asomo a algo que es distinto, diferente a mí. Y eso me ilusiona y me asusta…sobre todo me asusta”.

Ese “me asusta” me hace darme cuenta de que todo lo que nos interesa nos tiene que asustar en mayor o menor medida, no hay otra forma de asomarse a lo distinto, a lo desconocido, y en definitiva a la novedad, que es lo que despierta nuestro interés. Y que este baile entre el miedo e ilusión está en todas nuestras relaciones. La vida tiene algo de apuesta, de riesgo, si algo anhelamos algo podemos perder.

Supongamos que una de las cosas que nos mantiene conectados a nuestra pareja es, por ejemplo, el miedo a que conozca a otra persona mejor que nosotros y nos sustituya. Este miedo, en su dosis y bien llevado, es algo que puede aportar a la relación lo necesario para seguir conectados, interesados y, en definitiva, llevarnos a intentar ser mejores para nuestra pareja. Y si perdemos el contacto con ese temor, seguramente desconectemos, nos desinteresemos.

Con un amigo, ese temor puede manifestarse como miedo a defraudarle o a que nuestra relación le decepcione. Se puede expresar de muchas formas, pero el miedo forma parte de las relaciones, y no como un mal colateral sino como algo esencial, como un indicador de que nos estamos asomando a lo desconocido, a lo que no soy yo, a otra persona que me ofrece algo que yo no tengo, diversión, compañía, ayuda, entretenimiento o cariño, sobre todo cariño.

En las relaciones hay que asustarse, aceptar que no tenemos el control. Lo más interesante pasa por debajo de nuestra conciencia, por encima de nuestra voluntad. Nos sucede, nos traspasa. Cuando estás junto a alguien lo que sientes es algo espontáneo, sucede sin más. Lo sabemos, pero no sabemos que lo sabemos. Creo que habitualmente vivimos negando que no somos dueños de lo que sentimos ni de lo que el mundo y los demás nos hacen sentir.

Las relaciones humanas tienen vida propia. La única forma en la que podemos influir en ellas es atendiendo a lo-que-realmente-está-pasando entre nosotros en este momento y poniéndolo en juego. De esta forma, consigo que esa relación evolucione en la mejor dirección posible, que no tiene porque ser la que a nosotros nos gustaría.

Ella se marcha aliviada, como si hubiera descubierto que ya no tiene que luchar con ese miedo, que estar asustada, sentirse vulnerable, es lo único que le permite estar presente ante Él… y ser tocada.

D. Erades.

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